miércoles, 30 de enero de 2008

MANIAS


A quién no le ha asaltado alguna vez la manía de volver una y otra vez a comprobar si los grifos no gotean, si la luz está apagada o la puerta bien cerrada... Todas ellas son pequeñas manías que llevadas a un extremo pueden convertirse en un problema serio para quien los sufre y para su relación con quienes le rodean. De disposición extravagante se puede pasar a conducta compulsiva, es decir, a sentir una necesidad imperiosa de realizar una acción más allá de la propia voluntad.

La existencia de ciertas manías es relativamente normal. El problema surge cuando comienzan a afectar la estabilidad de la persona. La comprobación del gas no es negativa, pero hacerlo repetidamente aun después de ver que no estaba abierto, empieza a ser para la persona un problema cada vez más angustiante. Estas manías suelen ir acompañadas de otras similares, por lo que la vida cotidiana acaba plagándose de comportamientos ritualizados.

La primera sorprendida y molesta por el ritual de las manías es la persona que las tiene. No se explica por qué le sucede ni de dónde le viene. Siente que no puede vivir sin someterse a esos rituales y se sabe esclava de ellos. A veces deriva de personalidades obsesivas, de motivos inconscientes o hábitos culturales aprendidos, pero la mayor parte de las veces no se llega a saber por qué se padecen. La persona es consciente de que sólo se queda tranquilo si cumple con su rito, pues sólo así calma su ansiedad y por regla general consigue sacar de quicio a los que le rodean, que sufren su ansiedad pero no la calman.

Parece ser que las manías o los rituales de comportamiento son más frecuentes:

En personas primarias y de escaso nivel cultural y no es siempre lo mismo tener estudios, fama o nivel económico que tener cultura: los amuletos, las estampitas, los gestos estereotipados pueden determinar sus actos.

En personas mayores el temor a la propia inseguridad le impulsa a aferrarse a hábitos rígidos, que convierten en inflexibles: la hora de comer, leer, pasear...

Las personas acostumbradas a vivir solas se han ido elaborando su propio espacio vital plagado de costumbres, usos y hábitos, pero para convivir es necesaria la flexibilidad y algo de renuncia de las propias costumbres.

Personas muy ordenadas, perfeccionistas y proclives al escrúpulo en el trabajo pueden convertir un buen hábito en comportamientos inflexibles, o llamado de otra forma en manías.

Las personas extravagantes suelen tener sus rarezas, pero no tienen por qué ser manías y menos patológicas.

Casi podría decirse que existen tantas manías o rarezas como tipos de personas. Pero si hubiera que hacer algún tipo de clasificación, se harían presentes la imposición exagerada de orden, la limpieza, los escrúpulos, la necesidad de seguridad y el perfeccionismo.

Algunas manías relacionadas con el orden:

El orden en el hogar es positivo, pero si se exige que cada objeto ocupe su espacio y si no sucede así se sufre ansiedad y conflicto esto es prueba de una manía.

La tendencia a colocar los objetos de manera simétrica y alineada.

La preocupación por hacer recuentos una y otra vez, por la necesidad de numerar y clasificar.

La rigidez extrema con la puntualidad propia y ajena.

Manías relacionadas con la limpieza, los escrúpulos y la salud.

El miedo irracional a enfermar que conduce a tomar precauciones exageradas, a visitar herboristerías, a acudir a médicos por síntomas leves, a consultar curanderos, a protegerse de las corrientes, contagios y de todo lo que se atisba como un peligro.

La necesidad de lavarse continuamente las manos o la boca.

El temor a tocar cosas que hayan tocado otros.

La aversión a dar la mano a otras personas.

La costumbre compulsiva de limpiar una y otra vez la casa.

El miedo exagerado a contaminarse con productos alimenticios y sus componentes.

El asco de las propias secreciones corporales.

Manías referentes a la seguridad:

La tendencia a comprobar una y otra vez que puertas, ventanas, grifos, llaves, luces están debidamente cerrados o apagados.

La aparición de 4 o más de los siguientes síntomas puede ser motivo de consulta a un profesional.

La preocupación por los detalles, normas, listas, orden, organización o horarios hasta el punto de perder de vista el objeto principal de la actividad.

El perfeccionismo que interfiere en la finalización de las tareas. El afectado es incapaz de acabar un proyecto porque no cumple sus propias exigencias.

La dedicación excesiva al trabajo y productividad con exclusión de las actividades de ocio y las amistades (no aplicable a necesidades económicas evidentes).

La excesiva terquedad, escrupulosidad e inflexibilidad en temas de moral, ética o valores.

La incapacidad de tirar los objetos gastados o inútiles, incluso cuando no tienen un valor sentimental.

El recelo a delegar tareas o trabajos a otros, a no ser que éstos se sometan a su manera de hacer las cosas.

La reserva en los gastos propios y ajenos; el dinero se considera como algo que hay que acumular en previsión de catástrofes futuras.

La rigidez y obstinación de carácter.