
Los campesinos fueron los que pagaron el mayor precio. Por lo menos dos miembros de cada familia de cinco eran enviados a la construcción de la muralla o de cualquier obra del emperador, esto frenaba el trabajo de los campesinos en sus tierras. Los convictos condenados a trabajar en la muralla, caminaban cientos de kilómetros encadenados y con collares de hierro, pero muchos de ellos fallecían antes de llegar. Los que sobrevivían vivían en campamentos inadecuados y trabajaban bajo el sol abrumador, lluvias, granizo y temperaturas que podían variar de 35° C en verano a -20° C en invierno.
Los que fallecían de cansancio o malnutrición eran arrojados a las zanjas de los cimientos o eran enterrados en la misma muralla para que actuaran como espíritus guardianes contra los demonios del norte que estaban enfurecidos por la construcción de la muralla.
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